Mejor lo vemos mañana

La capacidad para tomar buenas decisiones no es un rasgo de la persona, en el sentido de que siempre está ahí. Es más bien un estado que fluctúa. Siempre he visto que los mejores directivos, los verdaderamente buenos, no reestructuran la compañía a la 7 pm y tampoco hacen grandes compromisos durante una larga comida. Y si se debe tomar una decisión al final del día, saben que no deben hacerlo llegando cansados al mismo. Un reciente artículo del New York Times citaba como los estudios del profesor y psicólogo social Roy F. Baumeister muestran que las personas que mejores decisiones toman estructuran sus vidas para conservar la fuerza y capacidad decisión a tope durante todo el día. No programan reuniones interminables consecutivas. Establecen hábitos que eliminan el esfuerzo mental de tomar decisiones.  Por ejemplo, en lugar de decidir todas las mañanas si se obligan o no a hacer ejercicio, establecen citas regulares para hacer ejercicio con un grupo de amigos. En lugar de contar con la fuerza de voluntad para decidir cada mañana si salen o no a correr, la conservan para que esté disponible para las decisiones importantes. “Los mejores tomadores de decisiones", dice Baumeister, "son los que saben cuándo no confiar en sí mismos". 

La fatiga de la decisión es el descubrimiento más reciente que involucra un fenómeno llamado “agotamiento del ego”. El trabajo mental de dictaminar y decidir ´continuamente sobre múltiples casos y opciones, cualquiera que sea su complejidad, termina por desgastar la capacidad de decidir. Este tipo de fatiga de decisión puede explicar que los árbitros sean más propensos a equivocarse en sus decisiones al final del partido o que el CFO de una empresa sea más propenso a tomar desastrosas decisiones al final de la noche, después de un largo día. Rutinariamente la fatiga decisoria distorsiona el juicio de todos, ejecutivos y no ejecutivos, ricos y pobres. La fatiga en las decisiones ayuda a explicar por qué las personas sensatas se enojan con sus colegas y familias, derrochan su dinero en ropa o en comida basura o caen, por ejemplo, en la ofertas absurdas de extras carísimos y que nunca necesitarán cuando compran un coche nuevo en el concesionario. No importa lo racional que intentemos ser, no podemos tomar una decisión tras otra sin acabar pagando un precio por ello.  El cansancio de decidir hará que nuestra racionalidad vaya desapareciendo y terminemos por decidir sin pensar y con alto riesgo, por tanto, de equivocarnos. El peligro además viene porque en estas situaciones normalmente no se es consciente de estar cansado y de la poca energía mental que queda para tomar buenas decisiones. Cuantas más elecciones hagamos durante el día, más difícil será para nuestro cerebro y, finalmente, buscará atajos, generalmente de dos maneras muy diferentes.  Un atajo es volverse imprudente: actuar impulsivamente en lugar de gastar la energía para pensar primero en las consecuencias.  (¡Claro, manda es mail! ¿Qué podría salir mal?) El otro atajo es el último ahorro de energía: no hacer nada.  Sin embargo, eludir una decisión a menudo crea problemas más grandes a largo plazo, aunque en el momento alivie la tensión mental de tener que decidir. Sin embargo, las decisiones que no se toman también significan oportunidades que no se aprovechan o problemas que se agrandan y terminan por hacerse crónicos

Cualquier decisión, ya sea comprar unos pantalones o una empresa, se puede dividir en lo que los psicólogos llaman el modelo Rubicón de fases de acción, en honor al río que separaba a Italia de la provincia romana de la Galia.  Cuando César llegó a él., en su camino a casa después de conquistar los galos, supo que un general que regresaba a Roma tenía prohibido llevar sus legiones al otro lado del río, para que no se considerara una invasión de Roma. En caso de hacerlo, sabía que según la ley romana ningún gobernador provincial podía atravesarlo al frente de sus tropas so pena de ser declarado enemigo público. Mientras esperaba en el lado de la Galia del río, se encontraba en la "fase de decisión" mientras contemplaba los riesgos y beneficios de comenzar una guerra civil.  En la mañana del 11 de enero del año 49 a.C., César iba a tomar una de las decisiones más trascendentales de su vida y de la historia del mundo. Dejó de calcular opciones, riegos, oportunidades… y cruzó el Rubicón, llegando a la "fase posdecisional", que César definió con mejor acierto: "La suerte está echada" y tras ello vendrá la realización (la marcha sobre Roma y la guerra civil).  Todo el proceso es el que termina por agotar la fuerza de voluntad, pero ¿qué fase del proceso de toma de decisiones es más fatigante?  Un experimento realizado por la investigadora Kathleen Vohs de la Universidad de Minnesota, mostró que cruzar el Rubicón es lo más agotador, más que cualquier otra fase anterior o posterior. Más fatigante mentalmente que sentarse en el lado de la Galia contemplando sus opciones o marchar sobre Roma una vez que haya cruzado.  Como resultado, alguien sin la fuerza de voluntad de César tenderá a quedarse en la Galia y no decidirá cruzar el Rubicón. Parte de la resistencia contra la toma de decisiones proviene de nuestro miedo a renunciar a las opciones y esa pérdida es especialmente importante cuando la fatiga de decisión se establece. Una vez que estás mentalmente agotado, te vuelves reacio a hacer compensaciones, lo que implica complicar el propio proceso de toma de decisiones.  Comprometerse con una decisión es una habilidad humana compleja y, por lo tanto, una de las primeras en declinar cuando la fuerza de voluntad se agota. Las personas se convierten en lo que los investigadores llaman avaro cognitivo, ahorran su energía y evitan la decisión o la simplifican en exceso para poder llegar a una decisión.  Por ejemplo, si uno está comprando, es probable que al agotarse mire solo una dimensión para decidir, como el precio: “deme el más barato” (que me quiero ir ya).

La fatiga de decisión nos hace también más vulnerables a las ofertas de los vendedores, como en los preparativos para una boda en las que las decisiones son tantas (flores, menú, invitaciones, traje, etc…) y las emociones vuelan tan alto, que es habitual ver como los novios y novias acaban muchas veces cediendo a terceros (suegros y/o proveedores) las decisiones sobre munchos de los aspectos de lo que en teoría es “el día más importante” para ellos. Es también la razón por la que barritas de chocolate, dulces y caprichos suelen estar desatacados cerca de las cajas registradoras, justo cuando los compradores se aprestan a salir, ya agotados después de todas sus decisiones tomadas en los pasillos del supermercado.  Con su fuerza de voluntad reducida, es más probable que cedan ante cualquier tipo de tentación, de impulso. Seguramente cuando había menos decisiones, había menos fatiga de decisión.  Hoy, en cambio, nos sentimos abrumados porque hay muchas opciones. Incluso la compra de un taladro on-line genera muchísimas más opciones de las que, imaginemos, teníamos cuando íbamos a comprarlo a la ferretería de la esquina. Por ello es fundamental saber el momento en que hemos llegado a tal punto de fatiga que debemos evitar sumar nuevas decisiones. Y no es fácil.  El efecto acumulativo de estas tentaciones y decisiones no es intuitivamente obvio.  Prácticamente nadie tiene un sentido instintivo de lo agotador que es decidir. Grandes decisiones, pequeñas decisiones, todas se suman.  Elegir qué desayunar, dónde ir de vacaciones, a quién contratar, cuánto gastar: todo esto puede terminar por agotar nuestra capacidad mental de decisión.  No es agotamiento físico, el agotamiento se manifiesta más como una propensión a experimentar todo más intensamente. Las frustraciones parecen más irritantes de lo habitual.  Gradualmente se hacen más potentes los impulsos para comer, beber, gastar o decir algo sin excesivo sentido.  Se toman atajos ilógicos, favoreciendo las ganancias a corto plazo frente a los riesgos y oportunidades de largo plazo. Son todas sin duda malas decisiones. Llegados a este punto, lo es mejor es decidir dejarlo para mañana. Mañana lo vemos.

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