¿Por qué necesitamos ciudades resilientes?

¿Por qué necesitamos ciudades resilientes?
Un aspecto relacionado claramente con las ciudades, relacionado con la sostenibilidad de las mismas es su capacidad de resistir ante situaciones adversas.

La sociedad actual es mayoritariamente urbana. Es un hecho que más de la mitad de la población mundial vive en ciudades. Es además una tendencia que no ha parado desde que comenzó con la primera revolución industrial. La estimación en este sentido concluye que en el año 2050 podría alcanzar los 9.000 millones de habitantes, de los cuales un 80% aproximadamente vivirían en un entorno urbano.

Es por ello que ha cobrado una vital importancia todo lo relativo a la gestión de las ciudades y las infraestructura y servicios que éstas implican. Hace ya algunas décadas que se suceden estudios y propuestas que abordan muchas cuestiones relacionadas con la sostenibilidad urbana, como el consumo responsable, la eficiencia energética, el control sobre vertidos y emisiones u otros relacionados con aspectos colaterales como la accesibilidad, el transporte o el tráfico o las comunicaciones.

Un aspecto relacionado claramente con las ciudades y que está directamente relacionado con la sostenibilidad de las mismas es su capacidad de resistir ante situaciones adversas, extremas y cambiantes, término conocido como resiliencia. Situaciones potenciales, en el sentido de que no van a darse nunca en condiciones normales y sin embargo han de considerarse puesto que pueden llegar a darse, y de hecho una mirada a los registros históricos existentes, nos demuestran que ya se han dado a lo largo de la historia. Así, desde la antigüedad clásica tenemos noticias de episodios naturales catastróficos como la erupción del monte Vesubio que en el año 79 D.C arrasó con las ciudades de Pompeya o Herculano dejando gran cantidad de fallecidos. Otros ejemplos más modernos los tenemos en el terremoto que derrumbó parte del DF de México en 1985 o el huracán Katrina que asoló la ciudad norteamericana de Nueva Orleans dejando a su paso más de 1.800 muertos. Sin menospreciar las catástrofes de origen antropogénico como el 11 S a manos de Al Qaeda o  los recientes ataques islamistas en simultáneo en varios puntos de Paris a manos del DAESH.

Como vemos la resiliencia aborda tanto episodios  de carácter natural, como inundaciones o catástrofes de origen sísmico, como amenazas inducidas por el hombre, como atentado terrorista o riesgos por derrames de crudo o fugas radiactivas.

Esta cuestión se ha constituido como un punto inexcusable en la agenda de trabajo de la práctica totalidad de los líderes de las ciudades del Planeta respondiendo a cuestiones claves como  el por qué se hace necesaria la apuesta por las denominadas ciudades resilientes, el qué tipo de acciones deben abordarse para transformar una ciudad en este sentido y el cómo hacerlo. Está claro además que los modelos de transformación de unas ciudades no serán directamente aplicables en el resto, en el sentido de que “cada ciudad es un mundo”, un pequeño microcosmos con especificidades propias en relación a aspectos de muy diversa índole, como el  tamaño, la ubicación geográfica, las infraestructuras o los perfiles de sus habitantes en relación a condicionantes  económicos o socio-culturales.  Sin embargo sí que puede nombrarse un elemento común que sería la necesidad de integrar una mirada resiliente en cualquier nuevo proyecto de ordenación urbana con los fines últimos de la seguridad y la sostenibilidad.

A comienzos del pasado año se creó la llamada red de ciudades resilientes. Inicialmente constituida por 67, su número ha ido creciendo y son objeto de ayudas desde numerosas organizaciones como por ejemplo la Fundación Rockefeller que ha dotado de una ayuda de más de 100 millones de dólares a este proyecto.  En el ámbito español tenemos la ciudad de Barcelona, pionera en abordar esta problemática a la que trata de responder a través de la creación de un Departamento ex profeso a este particular. Sin tratarse de una ciudad que por su ubicación esté particularmente sometida a la ocurrencia de fenómenos naturales adversos, sí que lo está en el sentido de disponer de una alta densidad de población permanente y flotante, que continua su tendencia al alza y que, por ello debe de disponer de las necesarias infraestructuras para poder soportarla.  Entre las acciones concretas llevadas a cabo, cabe citar el refuerzo tecnológico de los servicios de transporte y de los ambientales, como por ejemplo las mejoras en la red de depósitos fluviales con vistas a minimizar las inundaciones  o la clara apuesta por la desalación para contrarrestar la escasez de agua, particularmente en las épocas prolongadas de sequía.

Otra de las infraestructuras obligadas por su intervención ante situaciones adversas de muy diversa índole son los denominados centros de emergencias, que, suelen estar coordinados a través de los entes locales. Entre otros servicios proveen:

  • Ayuda a ciudadanos, particularmente, ancianos y niños.
  • Apoyo a las víctimas de la violencia de género
  • Acomodo a personas que han perdido su hogar a causa de un accidente (fuego, explosiones,…)
  • Ayuda a ciudadanos en dificultades financieras que requieren de ayuda con carácter urgente.
  • Intervención psicológica en caso de situaciones catastróficas.

Como conclusión, las ciudades funcionan como un engranaje de engranajes de sistemas comúnmente interrelacionados, afectando el mal funcionamiento de una parte a la globalidad. Se hace por ello particularmente necesario la protección de las urbes frente a los desastres y amenazas a través líderes concienciados y que fomenten la participación ciudadana. Sólo así transformaremos a nuestras ciudades en lugares más seguros y más adaptados al cambio. En definitiva, más resilientes. Más inteligentes.

Para leer más: Programa de ciudades resilientes de UN-Habitat

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