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¿Sabes cuánto estrés tienes?

¿Sabes cuánto estrés tienes?
Medir el estrés resulta complejo, pero Holmes y Rahe pusieron a disposición de la comunidad científica una escala que lo correlaciona con las enfermedades

Medir el estrés se ha convertido en una prioridad para determinadas ramas de la Medicina. En cierto modo, constituye, incluso, una necesidad. Esto se debe a que, además de las instancias médicas, las Administraciones Públicas han tomado conciencia de los riesgos que entraña experimentar un alto grado de estrés, sobre todo, de manera continuada.

El estrés, asimismo, constituye un concepto cuya incidencia se está incrementando en las sociedades actuales. En especial, debido a los modos y ritmos de vida modernos, los cuales tienden a disparar sus efectos.

Antes de introducirse en la escala de medición del estrés a la que está dedicado este texto, es preciso esbozar una primera definición.

¿Qué es el estrés?

Cuando se hace referencia al estrés, es normal que quienes no estén familiarizados con las metodologías y terminologías médicas consideren el concepto como un tanto relativo. Es posible que confundan los síntomas y no sean capaces de diagnosticarlo. No solo en el resto de personas, sino también en sí mismos.

Esta disfunción también se debe a que, entre el grueso de la población, no se ha empezado a hablar de que el estrés constituye un trastorno de la salud hasta hace unas décadas. Esta última reflexión también hace colegir una cierta correlación entre las dinámicas de la vida moderna y la retroalimentación del estrés.

De todas maneras, para definir correctamente el estrés, hay que partir de que, entendido como tensión, constituye una de las pulsiones normales del ser humano. Un cierto grado de estrés resulta providencial para encarar con garantías las actividades humanas. Esta tensión se vincula más a la parte animal que a la racional del hombre. A fin de cuentas, esta pulsión permite a la persona reaccionar con actitud ante los estímulos, tanto exteriores como interiores.

Sin embargo, hay casos en los que el grado de tensión ante ciertas situaciones va creciendo, de manera que se convierte en disfuncional. Surge, por lo tanto, un estrés negativo (denominado, técnicamente, distrés), el cual va acompañado de ansiedad, nervios y una incapacidad para controlar los contextos que crean estas sensaciones y, por lo tanto, actuar ante ellos.

Esta tensión resulta fácilmente detectable, a simple vista, ya que se ponen en marcha algunos mecanismos fisiológicos muy patentes (sudores, temblores en zonas del cuerpo, etc.). Estas manifestaciones externas, por otro lado, no dejan de ser los síntomas más superficiales de un problema orgánico. Un problema relacionado con la asunción, por parte del cuerpo humano, de mayor tensión que la que está preparado para absorber.

En estas situaciones límite, el organismo se vuelve más vulnerable ante las enfermedades. De hecho, se ha comprobado que el estrés supone un factor de riesgo desencadenante de dolencias de cierta gravedad. A grandes rasgos, la pérdida de control sobre estos estados de tensión propicia que se pongan en marcha mecanismos psiconeuroinmunoendocrinos asociados a desajustes en los niveles hormonales y neuroquímicos del cuerpo humano. Si, además, las situaciones que dan lugar a la aparición del estrés se vuelven crónicas y no existe una respuesta efectiva ante la disfunción, es posible que aparezca una sintomatología similar a la de cuadros clínicos complejos, tales como los de la depresión.

En todo caso, antes de introducirse en la medición del estrés, hay que tener en cuenta que este fenómeno puede estar vinculado a la incidencia de enfermedades propias de los sistemas inmunológico, neurológico y endocrino.

La medición del estrés

Un factor que influye tanto en la salud como el estrés genera un evidente interés entre la comunidad científica. Sin embargo, su medición resulta complicada. Por ejemplo, no sería completamente válido medir el estrés en pulsaciones, ya que, aunque la aparición del estrés implique un incremento de estas, este fenómeno no es el único que puede hacer aumentar este indicador. De todas maneras, indicadores como el reseñado, si bien no ofrecen una medición exacta del grado de estrés, sí que facilitan su identificación como síntoma.

Por otra parte, el desencadenamiento de los episodios de estrés se asocia a situaciones que generan una innegable tensión en la persona. Resulta notorio que cada paciente experimenta unas sensaciones de estrés diferentes y ante contextos dispares, pero también ha quedado patente que un porcentaje relevante de quienes padecen este trastorno comparte determinadas causas que lo provocan.

Cada persona experimenta el estrés de una manera especial, pero hay algunos contextos sociales que están más relacionados que otros con sus mecanismos (de defensa, como se había señalado, aunque puedan perjudicar a la salud).

En este sentido, cabe pensar que hay algunas circunstancias, comunes a muchos pacientes, que están correlacionadas con el surgimiento del estrés y pueden clasificarse en algunas categorías, como las que, a continuación, se reseñan:

Factores ambientales

  • Soportar temperaturas extremas, tanto altas como bajas.
  • Exposición a ruidos, la cual puede degenerar también en enfermedades nerviosas.
  • Vivir en un ambiente contaminado.
  • Incidencia de luces intensas.

Mecanismos fisiológicos

  • Experimentar hambre.
  • Tener sed.
  • Sensación de sueño.

Sugestiones mentales

  • Exceso de responsabilidad.
  • Miedo al fracaso.

La biografía como generadora de estrés

Los ejemplos citados en el anterior párrafo tenderían a infinito, ya que la casuística de cada paciente difiere, pero falta aludir a otros factores que propician situaciones de estrés, tales como los acontecimientos vitales. Acontecimientos que pueden variar, entre los pacientes, pero conservan, por la frecuencia de su incidencia en las personas, un sesgo común tendente a la generación de estrés.

Por lo tanto, hay que valorar la existencia de sucesos habituales en la vida de las personas que operan como fuentes de estrés. En las siguientes líneas, se explica cómo estos han podido ser sistematizados en una escala que proporcionará fuerza empírica a estas correlaciones.

La obra de Holmes y Rahe

En primer lugar, hay que señalar que Thomas Holmes y Richard Rahe fueron dos psiquiatras estadounidenses que, en 1967, realizaron un estudio de más de 5.000 pacientes, con el objetivo de vincular episodios vitales estresantes y enfermedades.

En este aspecto, es importante resaltar cómo se informaba este análisis. Básicamente, pasaron a los encuestados un listado con 43 acontecimientos susceptibles de causar estrés y, en función de sus respuestas y sobre la base de una puntuación relativa, ponderaron una final para cada uno de ellos.

Por otro lado, hay que tener en cuenta que, en la lista de Holmes y Rahe, no solo se incluían sucesos que cualquiera podría identificar como negativos (como el más destacado, la muerte del cónyuge), sino también otros que, por las expectativas creadas, podían constituir fuentes de estrés (como las situaciones de cambio, que no tienen por qué conducir a escenarios ingratos, pero generan incertidumbre).

Entre las conclusiones que se pueden extraer de estos estudios, destaca, por ejemplo, la tendencia a enfermar de quienes acumulan distintas situaciones estresantes a lo largo del tiempo. Esta acumulación puede incorporar tanto contextos positivos como negativos. Entre estos últimos, es posible citar los conocidos casos de personas que mueren tras vivir los fallecimientos, cercanos en el tiempo, de algunos familiares. Por eso, se ha hecho popular la expresión: morir de pena. Asimismo, la simultaneidad de actos estresantes de naturaleza, por ejemplo, familiar, puede, si no hay una respuesta física y mental positiva, conllevar enfermedades. El lector puede imaginarse, en este sentido, el caso de una novia que, tras las semanas de preparativos, se encuentra indispuesta durante el mismo día de su boda.

En 1970, Rahe decidió probar la validez de la escala del estrés como factor preventivo de las enfermedades y lo hizo con 2.500 marineros estadounidenses. Obtuvo una correlación positiva, entre factores estresantes y enfermedades, que ascendía a 0,118. Si bien este resultado puede parecer poco esclarecedor, el alto número de participantes en las encuestas invita a tenerlo en cuenta como hipótesis que permita valorar la relación existente entre la tensión de los episodios vitales y la aparición de ciertos males.

A modo de conclusión: una interpretación optimista de la escala de Holmes y Rahe

Obviamente, el estudio de Holmes y Rahe se insertaba en una deontología psiquiátrica totalmente opuesta a cualquier atisbo de fatalismo. Por lo tanto, su correlación causa-efecto no han de interpretarse como tendencias irrefrenables desde el estrés hasta la enfermedad, sino como alertas en la previsión de determinadas patologías.

Vale la pena tomar nota de la metodología de uso de la escala de Holmes y Rahe, también conocida como Escala de Reajuste Social (SRR). Hay que seleccionar, entre los 43 sucesos listados, los acaecidos a lo largo del último año. En el caso de que la suma de sus puntuaciones se sitúe por debajo de 150, habría pocas posibilidades de enfermar por estrés. Si la puntuación obtenida se encuentra entre 151 y 299, puede considerarse que este riesgo sería moderado. Por último, superar los 300 puntos elevaría las probabilidades de que el estrés degenerara en enfermedad.

Por lo tanto, ¿cuál sería la utilidad principal de la Escala de Reajuste Social de Holmes y Rahe? Sin lugar a dudas, su cumplimentación por parte de pacientes de riesgo (personas sometidas a múltiples episodios estresantes, enfermos crónicos…) permite a los equipos médicos llevar a cabo tratamientos anticipatorios, como prevenciones de futuras enfermedades. Asimismo, los pacientes también pueden aprender a manejar su agenda y sus dinámicas en función de los riesgos que puedan evitar.

Por último, hay que reseñar que esta escala puede requerir modificaciones, como precisiones de adaptación a perfiles concretos de pacientes.

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Comentarios (1)

Responder

Ismael Canul canche

Enviado el

Buenas tardes; me gustaría saber si la escala de holmes Rahe a sido validada con población mexicana en adultos de ser así me gustaría que si me pudiera facilitar el articulo, lo que sucede es que soy estudiante de maestría y aplique esta escala pero no encuentro un sustento por su atención gracias.
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