Soluciones urbanas al calor: Los corredores fluviales

La Calidad de vida que depende enormemente de cómo gestionen las ciudades el calor y las subidas de temperatura. los Corredores Fluviales urbanos tendrán un gran protagonismo.

Es un hecho casi universalmente aceptado que estamos viviendo un cambio climático. Los datos y las evidencias científicas se acumulan y es difícil para cualquiera negar, con buenos argumentos, el calentamiento global. Existir, existe y su impacto ya es real. Aún queda alguna resistencia al consenso científico que señala las causas como antropogénicas. Mientras algunos dedican esfuerzos a desacreditar esa hipótesis, las previsiones inciden en que es probable que los efectos empeoren en un futuro próximo, independientemente de cuán poderosas sean las medidas de prevención o contención. Así pues, la postura más pragmática es concienciarse del problema y actuar para paliar los efectos en el bienestar de la población y, muy especialmente, en la calidad de vida en la ciudad. Calidad de vida que depende enormemente de cómo gestionen las ciudades el calor y las subidas de temperatura. Como veremos, los corredores fluviales urbanos tendrán un gran protagonismo en esa gestión.

La ciudad, centro de la actividad humana

Las ciudades concentran la mayor parte de la actividad económica y de la población. La mitad de la población mundial vive en ciudades y el porcentaje sigue subiendo. Según estimaciones de las Naciones Unidas, en el año 2050 unos 6300 millones de personas vivirán en ellas. Se estima que las ciudades producen un 80 % del PIB mundial. Son el motor económico del planeta.

Asimismo, en las ciudades se consume el 60 % de la energía mundial y son responsables de la emisión del 70 % de todos los gases de efecto invernadero. La humanidad es ahora una civilización plenamente urbana, cuyas políticas y esfuerzos van y vienen a y desde las ciudades. Causantes en gran medida del cambio climático, las ciudades son a la vez especialmente vulnerables a él. Demasiada población concentrada en un espacio reducido impone a los ayuntamientos un reto ante el futuro. No olvidemos que algunos de esos ayuntamientos administran la vida de millones de personas, que necesitan alimento, salud y servicios. Algunas ciudades tienen más población que algunos países.

El cambio climático es una losa

Por su carácter integral (y no puede ser de otra forma algo que abarca un planeta entero), el cambio climático tiene y tendrá efectos desestabilizadores en las actividades urbanas. La construcción y el urbanismo, la movilidad, la energía, la sanidad, la gestión de desechos y la seguridad alimentaria se ven afectados por el cambio climático. Y a través de esos campos de actividad se ataca directamente a la salud humana, las infraestructuras, los servicios, los sistemas sociales y las actividades económicas asociadas a todo lo anterior. El cambio climático toca todos y cada uno de los sectores de la actividad y existencia humana y en las ciudades es donde más peligroso puede ser.

Sequías, inundaciones, subida del nivel del mar (no olvidemos que la mayoría de las ciudades de más de 5 millones de habitantes son costeras), olas de calor, plagas y otros sucesos propios del cambio climático pueden afectar a las ciudades. Y el aumento de las temperaturas puede incrementar los efectos de las llamadas islas de calor urbanas, haciendo la vida en la ciudad más dificultosa y reduciendo la calidad de vida en ellas.

La isla de calor urbana

La isla de calor es un fenómeno intrínsecamente urbano producido por la acumulación de calor en la superficie y atmósfera de la ciudad. Los edificios y calles, el material del que están hechos y la actividad humana generan y acumulan calor, provocando un aumento de la temperatura en la ciudad. Este aire caliente toma la forma de una cápsula o burbuja sobre la ciudad, que por efecto del viento puede aparecer como una pluma.

Hay varios factores que provocan la aparición de la isla de calor urbana: clima, localización geográfica, hora del día y la estación. La forma y los materiales de la ciudad son muy importantes. En general las ciudades tienen materiales de construcción lentos en enfriarse y calentarse, que almacenan gran cantidad de energía y casi siempre oscuros, captadores de calor. Además, la superficie de la ciudad suele ser impermeable, lo que reduce la cantidad de agua disponible para evaporación (mayor sequedad en la ciudad).

A medida que la ciudad crece lo hace su isla de calor. La calidad del aire se resiente y puede aparecer smog. El calentamiento global puede aumentar todavía más el efecto isla de calor poniendo en peligro la salud de los ciudadanos: estrés térmico, golpes de calor, sequedad, afecciones respiratorias y cardiacas, alergias, enfermedades, plagas… Esto afecta a la actividad económica y a los costes energéticos y medio ambientales. La isla de calor aumenta el gasto energético en refrigeración, lo que a su vez alimenta la isla de calor. Es un círculo vicioso en el que la ciudad se convierte en un lugar sofocante y desagradable.

Zonas verdes y zonas azules

La estructura de la ciudad (altura de los edificios, anchura de las calles…) afecta a las características de la isla de calor y alterar aquella podría mitigar esta. Sin embargo, no suele ser factible cambiar la estructura de la ciudad, al menos en lo ya construido. Pero si la isla de calor urbana surge por la mera existencia de la ciudad y la ciudad es un elemento artificial del paisaje, es lógico pensar que las principales soluciones a la isla de calor provengan del propio paisaje natural.

La vegetación es de gran ayuda a la hora de enfrentarse a la isla de calor urbana. Los árboles proporcionan sombra, lo que de por sí refresca, y además humidifican el aire con su transpiración. Se recomiendan árboles en parques, aparcamientos y calles. Un cambio notable en nuestras ciudades se está produciendo por la misma desaparición de los parques ajardinados, sustituidos por plazas planas de hormigón o piedra que no ayudan nada a paliar la isla de calor. Los “tejados verdes” son otra opción útil para bajar la temperatura y consisten en cubrir los tejados con vegetación viva.

Al igual que el calor genera calor a través de aparatos de aire acondicionado, la bajada de temperatura inducida por la vegetación evita el encendido de esos aparatos, creándose un ciclo inverso de enfriamiento.

Aumentar las zonas verdes será una prioridad de cualquier municipio que quiera prevenir y salvar los efectos del cambio climático. Pero también están las zonas azules, las formadas por cuerpos de agua que ayudan a bajar la temperatura de la isla de calor al mismo tiempo que proporcionan humedad al aire.

Como hemos visto, los materiales impermeables como el asfalto reducen la presencia de agua y por lo tanto la evaporación y la humedad, lo que añade sequedad y favorece el incremento de la temperatura.

Ya que es inevitable que las calles estén construidas con esos materiales, sí se puede aumentar la presencia de fuentes públicas y estanques. Pero ¿por qué no aprovechar la presencia de ríos, ya que tantas ciudades se han asentado en torno a ellos? ¿Qué posibilidades ofrecen las corrientes fluviales para mitigar el efecto de la isla de calor urbana?

Corredores fluviales urbanos

Los ríos han sido parte de la vida de las ciudades durante miles de años, pero desde hace relativamente poco muchos de ellos han sido alejados, cuando no directamente enterrados bajo la superficie de la ciudad. Además, se han deteriorado por la polución urbana y sus cauces reducidos y sobreexplotados. Quizá sea hora de que las ciudades se planteen traerlos a la superficie de nuevo y con mejor cara.

La restauración de las áreas fluviales, cauces, riberas y áreas colindantes es una tendencia creciente que pretende recuperar los ríos como algo más que un lugar en el que tirar desechos o una molestia para el desarrollo urbanístico. Más bien los ríos, lagos y grandes estanques urbanos pueden presentarse como una necesidad, casi una salvación, para la ciudad del siglo XXI (y teniendo en cuenta los plazos temporales en los que se mide una ciudad, también para el siglo XXII). Los corredores fluviales urbanos pueden naturalizar la población creando secciones de parques que bajen la temperatura y mejoren la calidad de vida en la ciudad, creando ecosistemas urbanos imprescindibles en el futuro.

Porque no solo pueden proporcionar soluciones paisajísticas y espacios de recreo, sino que rompen y mitigan profundamente las dañinas islas de calor urbanas. Las superficies de agua refrescan y humidifican el aire, lo limpian, sobre todo si están en movimiento. Sin embargo, su recuperación y puesta en valor es un reto para la Administración Local. Su diseño y desarrollo exige la participación de actores de muy diversos campos académicos, técnicos, económicos y políticos, posiblemente de varios municipios colindantes. Es un gran proyecto en el que muchas ciudades y regiones ya están trabajando o están empezando a gestionarlo, como Granada con el corredor del Genil o el espectacular proyecto Anillo Verde de Vitoria-Gasteiz.

La planificación integral del proyecto implicaría, en definitiva, redefinir el uso de espacios para construir un nuevo ecosistema urbano en el que todas las partes tienen importancia. Solo así se puede luchar contra la isla de calor y prepararse para los golpes del cambio climático. El esfuerzo hoy es más fácil y económico que mañana. Estamos a tiempo.

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